diumenge, 25 de setembre de 2011

To chase the Promised Land


M’agrada la carretera. Vaig disfrutar llegint l’On the Road de Kerouac en el seu moment -jo també vaig voler ser un beat- i m’agrada conduir. He llegit un llibre sobre la carretera que m’ha agradat molt. El text que aquí transcric -com qualsevol text- no deixa de ser una carretera per recórrer: heus ací un fragment del llibre, amb enllaços on aturar-se per omplirel dipòsit i seguir transitant.

“¿Qué fue primero, la casa o la carretera que conduce a la casa? Con su amor por los orígenes y los símbolos, los eruditos medievales pudieron haber batallado con esta cuestión, que finalmente los llevaría a una contrapregunta teológica: ¿cuál de los dos objetos ordenó Dios que fuera el primero? Se podría haber argumentado que si Dios hubiera querido que nos quedáramos en casa, que fuéramos sedentarios, que echáramos raíces como granjeros o maridos (una palabra que en inglés, husband, en un principio significó ‘habitante de la casa’), nos habría mandado que en primer lugar construyéramos una casa. Pero si hubiera querido que estuviéramos siempre de un lado para otro -como cazadores, pastores o peregrinos en busca de una meta difícil de alcanzar-, nos habría ordenado marcar un camino, hacer una carretera y seguirla.

En la época medieval el pasado se veía como una serie de migraciones e invasiones, un vagar interminable sobre la faz de la tierra. Sin embargo, en siglos posteriores más estables, las cuestiones anteriores se interpretaban en términos más prosaicos: lo importante no habría sido necesariamente lo primero, sino aquello que confería poder y prestigio; desde este punto de vista, la respuesta correcta a la mencionada pregunta era la casa. La casa supone mucho más que cobijo; implica un territorio, una pequeña soberanía con sus propias leyes y costumbres, su propia historia y sus propias fronteras celosamente custodiadas. La casa significa familia, dinastía; por modesta que sea, todavía tiene su lugar en la elaborada jerarquía especial del mundo europeo: reinos, principados, señoríos; la casa viene después.

Comparada con estos atributos -que todavía se veneran-, ¿qué cualidades podría ofrecer la carretera para ocupar el primer puesto? Sin duda desempeñaban un importante papel en nuestras idas y venidas diarias: incluso podría decirse que fue la carretera la que primero nos reunió en un grupo o en una sociedad. No obstante, el objetivo de toda carretera, senda o camino consiste en llevarnos a un destino, y la propia pregunta presupone que a una casa, de modo que la verdadera función de la carretera es servir para llevarnos a casa. Sin un destino concreto, una carretera no tiene razón de ser. Si la dejamos a su aire, tiende a deambular por un entorno más amplio y a desaparecer. También presenta otra tendencia mucho más peligrosa: introducir a forasteros no deseados en la comunidad autosuficiente o casa. [···]

Ya no nos molestamos en responder a esa sencilla cuestión, al menos en su forma críptica. Ahora nos interesan menos los orígenes que aquello que viene después: concretamente, la relación a lo largo del tiempo entre estos dos rasgos conocidos del paisaje, una relación que nunca ha sido fácil. Justamente ahora estamos saliendo de un período que ha durado siglos en el que la carretera estaba subordinada al lugar y no parecía digna de respeto. En la actualidad, cien años después de la invención del automóvil, la pregunta formulada anteriormente sería contestada en favor de la carretera -o de su versión moderna, la autopista-, que continúa tejiendo una red ajustada e intrincada por todo el paisaje del mundo occidental y que ha engendrado toda una variedad de espacios que se parecen a una carretera: líneas férreas, redes de conductos, líneas eléctricas, líneas aéreas y cadenas de ensamblaje. Ahora la pregunta requiere un tipo de respuesta muy diferente: ¿qué valoramos más, un sentido del lugar o un sentido de la libertad?”

John Brinckerhoff Jackson, Las carreteras forman parte del paisaje. Barcelona: Gustavo Gili, 2011.

Fantasies de carretera.

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